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Fotografía

Quauhnicol 16. Experiencias de infancia en México

Javier Diéguez Mosquera

Año del proyecto: 

2021

Proyecto Integrado

En este proyecto postfotográfico pensado para exposición, utilizo principalmente el archivo fotográfico familiar y escribo a lápiz bajo las imágenes para expresar hechos y sensaciones de mi infancia. Un trabajo de memoria, de una familia de emigrantes gallegos.

En la calle Quauhniucol 16, de México D.F. de 1974-1980, pasé mis 6 primeros años de vida, el portal ya no es el mismo; lo han cambiado. Mi hermano Carlos el mayor, lo ha encontrado en Google Street View, aún se acordaba de las calles, cuando nos vinimos él tenía 12 años.

Me acuerdo cuando jugaba sólo, viendo la luz como entraba por la ventana, sintiendo mi cuerpo dentro de un pijama de una pieza, con patucos que siseaban cuando caminaba.

Me sentía muy querido por mis padres, Avelina y Avelino. Mi padre estaba continuamente fotografiándonos.

Georgina me cantaba la Guadalupana, cando hacía las labores de casa, yo la dirigía con las manos como si tuviese una batuta, fue una segunda madre, lloró tanto cuando nos marchamos.

En el patio de casa teníamos un jardín con flores, berzas gallegas enormes, y un corral con gallos, gallinas y perdices, mi padre me transmitió su amor por la naturaleza.

Decidieron que nos separaríamos, mi padre seguiría viviendo y trabajando en México, y nosotros nos vendríamos a Galicia, para que mi madre cuidara a mis tíos y abuelos.

En México tuvo hasta que se jubiló negocios compartidos con socios, se turnaba para trabajarlos, pero había veces que no veía a mi padre durante dos o tres años.

Mi padre tenía empleados mexicanos, como Chucho y Salomón, que en varias ocasiones lo tuvieron que proteger. Contaba mi madre, que iban tras él, acompañándolo hasta casa en sus motos, sin que lo supiese, Ellos decían: “Es carne de nuestra carne”.

Aún hoy la comida mexicana sigue formando parte de nuestra identidad familiar.

Nos juntábamos en el Centro Gallego, y también íbamos a comer algún fin de semana a el parque de Tres Marías, me siguen gustando todos aquellos platos, tacos variados y mole bien picante.

En las vacaciones íbamos a nadar a las piscinas de Cuautla, eran medicinales, olían a huevos podridos.

Que bien los paseos con el rítmico balanceo, en las barcas de Xochimilco, escuchando mariachis.

La barcas llenas de flores, de muchos colores, colores que te llenan el espíritu.

Que felices en aquellas vacaciones de Acapulco, aunque la arena te quemase en los pies y cayese una tormenta por la tarde.

Que agradable aquel olor a mar, el agua efervescente me rodea, la arena invade mi bañador, mi padre me cuida, y no permite que el mar me arrastre.

Aquellos juegos juntos, con mis hermanos Carlos y Alberto, y con muchos primos que no se vinieron como nosotros, y aún viven allá.

Jugábamos en el vocho, le llamábamos “La Baticueva”, era nuestro refugio, nuestra cueva, fuente de imaginación.

Me disfrazaba para ir a las actividades del colegio con mi amiga Eli, me gustaba mucho, era vecina e hija de los compadres de mis padres.

El patio era grande, y el clima casi siempre nos permitía estar jugando afuera.

Cuando había un cumpleaños o alguna otra fiesta, no podía faltar una piñata, llena de sorpresas y dulces, que recogíamos cuando la partían y caía al suelo, me gustaba mucho chupar aquellos pedazos de caña de azúcar.

Dentro de aquella puerta de hierro jugábamos a ser “El Zorro”, y marcábamos con la espada la “S” o la “Z”, para dejar constancia de nuestra presencia.

Javier Diéguez Mosquera

arriaxida@yahoo.es

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